20 diciembre 2005

Cultura urbana: Ciudad herida


Artículo original en ESETÉ 17: En doble fila

Si la simbiosis parasitaria del coche con la ciudad a veces quizás sea beneficiosa, en la crisis el parásito huye o cae inerte dejándonos desnudos ante la dependencia creada. Algo tan urbano como las huelgas, la crisis del combustible, los ataques terroristas, los apagones eléctricos, las inundaciones, los huracanes o los golpes de estado dejan al vehículo particular convertido en un adorno frívolo e inútil.

Si el síntoma son ciudadanos inundando las calles buscando la supervivencia, el problema será la dependencia del trasporte rodado, en particular del coche como caparazón en la carretera aislándonos de la interacción directa entre iguales.

Si en la ciudad herida el coche nos hace más vulnerables será quizás ésta la revelación necesaria para reclamar centros urbanos más densos y accesibles. O por el contrario como defiende el Ministerio de Defensa estadounidense el problema es la dependencia de la ciudad, incapaz de responder a las emergencias y lo que hace falta es generar una dispersión de operaciones que nos haga más fuertes y que utilice al coche como símbolo de su poder.

¿Si vivimos dispersos se buscará refugio en la urbe densa durante la crisis? ¿Cuando se vea a los trabajadores, a los empleados, vagando por las carreteras vacías hacia los centros urbanos nos daremos cuenta que somos peregrinos del caos? Ni la dispersión, ni la represión, ni las barreras nos harán más seguros o más felices. Mientras tanto mi coche es mi reino.

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