07 diciembre 2005

Ciudades: Democracia de palo, Washington DC


Estados Unidos reparte democracia con la sutileza que Bud Spencer repartía guantazos. Pero el que tendría que tener la cara colorada es el imperio americano que no reconoce los derechos de los ciudadanos de su capital.

Washington DC se creó a dedo con cesiones de terrenos pantanosos. Su invención por las élites fundadoras lo convirtió en una anomalía al margen del desarrollo nacional. La condición de paria permitió un desarrollo que terminó acomodando a minorías sin tener que prestar atención a su peso político. Mientras cada estado tiene una delegación en el congreso proporcional con sus habitantes y un par de senadores en la cámara alta, el Distrito de Columbia (DC) carece de cualquier derecho de voto y por voz sólo tiene un susurro en la forma de un representante consultivo que arrastra su cuerpo por los pasillos del congreso en busca de un poco de atención. Y sin embargo los ciudadanos pagan los segundos impuestos más altos per capita del país y han de cumplir con las obligaciones cívicas de cualquier otro ciudadano.


Todas las capitales de naciones democráticas a excepción de la estadounidense tienen representación parlamentaria. El estatuto legal de DC tiene todas las desventajas de los territorios asociados de Puerto Rico, Guam, las Islas Marianas del Norte, la Samoa Americana y las Islas Vírgenes Americanas y ninguna de sus ventajas. Mientras Puerto Rico tiene independencia fiscal y gestiona su presupuesto autónomamente, el presupuesto del distrito se hace a golpe de congreso por gente que no pasa por la ciudad más que durante un puñado de sesiones parlamentarias. La ambigüedad de ser tratado como un estado más sin los derechos relacionados, se traduce en la cañí ley del embudo: para mí lo ancho y para ti lo estrecho.


Así el Distrito se convierte en laboratorio social para los políticos de toda la nación que por meterles mano a DC saben que no se juegan ningún voto. De hecho el americano medio desconoce que el medio millón de residentes de su capital carece de sus mismos derechos. Así se aprueba el presupuesto municipal, se propone cambiarle el nombre a las calles para honrar a los políticos que más daño han hecho a las minorías capitalinas, se experimenta con el modelo de bonos escolares o se propone eliminar la prohibición de armas de fuego o la reciente idea de privatizar ciertas zonas verdes frente a la irrelevante oposición ciudadana.


El movimiento por la representación busca promover la causa a nivel nacional y recibe el apoyo de los hombres de paja de la alcaldía. Así logró tener una matrícula opcional para vehículos con el lema: Washington DC - Impuestos sin Representación. El Presidente Clinton las colocó en todos los coches oficiales antes de dejar la Casa Blanca. Su sucesor inmediatamente las cambio por las antiguas: Washington DC - Celebra y Descubre. Otro importante esfuerzo fue lograr que alumnos de varias escuelas movilizaran a sus muñecos, para denunciar la injusticia en el Mall, ese espacio público y manifestódromo al que peregrinan los más diversos movimientos estadounidenses para lograr atención.


Pasan las generaciones, suben los impuestos, caen los hospitales, quiebran las escuelas, y se disfruta con la presencia del mejor gobierno que se le puede regalar al mundo. Tanta democracia escupe el gigante que se ha olvidado de ponerla en su casa y así luce.


Más info en: www.dcvote.org

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