17 agosto 2005

Ciudades: Protegiendo la libertad


Durante mi último paseo por New York visité la Estatua de la Libertad. Aún no había visitado la isla que la acoge cerca de la punta de Manhattan. Pero si que había hecho hace unos años la ruta del barco que lleva a la estatua y al museo de la inmigración en Ellis Island. Los controles para visitantes han cambiado y no se si estamos más seguros o más asustados.

El desequilibrio, la falta de un criterio transparente, no ya homogéneo pero aparentemente razonable para las circunstancias es algo que me suele inquietar. Por ejemplo, mientras que la visita al Empire State Building tiene una nueva seguridad tras los atentados del 11 de Septiembre 2001, dada su pertenencia al sector privado, está en manos de unos guardas que realizan unos controles arbitrarios, entre la estética y la represión incompetente. En cambio la Estatua de la Libertad que cae dentro de la jurisdicción del Servicio Nacional de Parques (NPS) muestra un control más exhaustivo a mano de representantes de las fuerzas del orden, más arrogante y presuntuoso, y por lo tanto más intrusivo y probablemente no sólo derrochador sino inútil. ¿Es realmente la Estatua un monumento de mayor riesgo que el Empire? Y aún si así fuera, ¿el peligro más acuciante lo representa alguien a pie? Entre otras cosas lo digo porque el ataque a las Torres Gemelas fue desde aviones y por ejemplo la Estatua está rodeada de una frecuente circulación de embarcaciones privadas...


En cualquier caso, el Servicio de Parques cede a una contrata privada el trasporte en barco que previo pago permite realizar la visita. Tras un control exhaustivo, mejor y más cuidadoso que el que sufro antes de subir a cualquier avión, se accede al ferry que permite visitar las islas. El que no haya sacado un pase por adelantado para entrar en la estatua se verá limitado a pasear por la isla, buenas vistas de Manhattan, comida basura y mucho souvenir, hasta el paroxismo.
Los que tienen la reserva en realidad podrán subir hasta lo más alto de la peana ya que la estatua fue cerrada hace muchos años por razones de código antiincendios. Aquí el control ya adquiere tintes de opereta. En una carpa instalada para este propósito y con la prohibición de realizar cualquier tipo de fotografía o grabación, desprovistos de bolsas y mochilas se pasa por un doble control, metal y bombas, que incluye el uso de la máquina husmeadora de GE. Esta maquita que te huele, lanza unos chorros de aire sobre tu persona que después analiza, también se puede programar para detectar drogas. Aparte de desemplear a unos cuantos perros me gustaría ver que ocurre cuando la máquina dice: "este señor huele a TNT". Aunque algo me imagino...



Y el paseo por la Isla de la Libertad suele ser tranquilo. Aquí el compañero de la foto, arma en mano, se dedicaba arbitrariamente, al menos eso parecía, a ordenar a gritos a la gente que saliera de la zona verde para luego gritarles que ya podían volver a sentarse allí de nuevo. Claro, al rato volvía y a gritar que todos fuera. Parecía una obra de teatro contemporáneo o un episodio de Barrio Sesamo: arriba, abajo, arriba, abajo. Ante la duda yo no me subí por que no acabé de pillarle el sentido de humor al caballero ese día y no quería tentar a la suerte.



"La estatua de la libertá esta acojoná, esta acojoná, no sabe si le vienen por delante o por atrás"

Escombros - Mártires del Compás