28 julio 2006

Sociedad: La envidia del mundo


La a veces estereotipada arrogancia estadounidense apunta a la presencia de prácticas culturales habituales. Más allá de sus raíces religiosas, históricas y sociales existen muestras puntuales que ilustran como esta dinámica forma parte del acontecer cotidiano en Estados Unidos.

El discurso de nación líder, escogida y poseedora de la verdad es moneda corriente en los discursos políticos frente a problemas más agudos que no se saben o no se quieren resolver. Don Powell - Coordinador de Apoyo Federal en la Recuperación y Reconstrucción de la Costa del Golfo, un puesto designado por la administración Bush para intervenir en las zonas afectadas por Katrina - dijo tranquilamente en un coloquio público sobre los pasos a seguir en la región devastada por el huracán y en referencia a Estados Unidos:

"Somos la envidia del mundo."

La afirmación es tan absurda como ejemplar. En el contexto de su discurso significaba varias cosas. Por una parte servía como excusa y acusación frente a la atención internacional. Es decir, si no se tratara de Estados Unidos no se le prestaría esta atención. La envidia había levantado la alarma frente a la destrucción y los problemas mostrados en la asistencia tras el huracán y había logrado darle al problema una magnitud mayor que la que realmente tenía. Y lo más importante cerrando la profecía hermética: somos los mejores. Es decir, dado que somos los mejores, lo que hagamos será lo mejor que se pueda hacer.
Expresiones de este tipo son cotidianas, familiares y recurrentes en estos discursos. La región continúa devastada sin avances significativos, no se han depurado ningún tipo de responsabilidades y el mundo nos tiene envidia.

Tanto se repiten estas consignas que algunos se las acaban creyendo y convierten el proceso de reflexión en un ejercicio de maquillaje. Así la Fundación para una Nueva América desarrolla una sesión de conferencias en torno al libro "América contra el mundo: como somos diferentes y porqué no les gustamos." En el programa se puede leer:

"La imagen de América se ha deteriorado consistentemente durante los últimos cinco años con una ligera recuperación en 2005. Y aún así abrumadoramente el antiamericanismo está en alza. ¿Por qué? Los autores defienden que algunos de los valores que nos definen, como el optimismo y el fuerte individualismo nos han separado del mundo:

- La mayoría de la gente en el mundo cree que América ignora sus intereses en su política exterior, aún así el 67% de los americanos creen que los Estados Unidos prestan atención a los intereses de otros países. Una desconexión de primer orden.

- Los americanos se enorgullecen de su modelo de negocios y prácticas democraticas pero los ciudadanos de otras naciones colocan a Australia, Gran Bretaña, y Canadá más alto.

Pero la percepción de América en el mundo no es inflexible, y su investigación sugiere como podemos influenciar positivamente esa percepción."

El discurso parte de la base que los valores fundacionales de Estados Unidos, existen, funcionan, están activos pero no se saben proyectar bien: Somos perfectos, es un problema de imagen. Como cambiar esa imagen es el problema, y no evaluar críticamente si esos valores están en juego, quien los ejerce, o que posturas toman los sucesivos gobiernos dentro y fuera del país en representación de la nación. El razonamiento - o su ausencia - alardea de una gran incapacidad de autocrítica, e ignorancia y simplificación a raudales. Lo más complejo es que frecuentemente no estamos frente a un cinismo exquisito sino frente a personas que genuinamente creen lo que dicen: imagen frente a contenido, un contenido correcto e inmutable: El mundo ha de creer en nuestras buenas intenciones, en nuestro estilo de vida.


Y así, este dogma, repetido, recalentado, refrito, trasmitido de generación a generación, regurgitado en eventos cívicos, deportivos o religiosos se convierte en idiosincrasia popular. Es reconfortante para muchos sentirse los mejores, que sea cierto no es importante. Se escucha frecuentemente en sus múltiples versiones al hablar de inmigración:

"¿Si no fuéramos tan buenos, porque vendrían aquí? Este es el mejor lugar del mundo para vivir, la gente muere y mata por encontrar su lugar en esta nación."

Y algo así no sale necesariamente de una voz desde la élite. El discurso se encuentra también entre las minorías históricas, los inmigrantes arraigados, los trabajadores de oficina, veteranos de guerra, los desheredados... Hablar del país de las oportunidades y el sueño americano o patria, dios y presidencia son suficientes para generar el discurso sin retorno: nos tienen envidia.

Los medios de comunicación más populares no ofrecen las herramientas cívicas adecuadas no ya para desarrollar un pensamiento crítico, sino para cumplir su función básica de informadores. En su lugar se debaten entre la propaganda y un populismo cómodo y sencillo que refuerza en buena parte la seguridad del poder estadounidense y la reafirmación del mensaje en la consciencia popular.

Es cierto que ni todos los habitantes, ni todos los grupos del país sienten ni opinan así, pero mientras Estado Unidos desde organizaciones civiles, populares y gubernamentales continué alimentando una cultura superficial, que representa una ilusión de superioridad y un simplismo intelectual frente a los desafíos sociales a los que nos enfrentamos, caminará en falso. Y desde su poder muchos son los que caminaran la misma ruta, y muchos más - dentro y fuera - son los que sufrirán en ese viaje.