24 marzo 2006

Epifanías: Vida alérgica


Ayer amanecí sin alergias y me acosté alérgico crónico. Todo ha sido gracias a un alergólogo que me ha abierto ese camino a la conciencia. La buena noticia es que no soy alérgico al asfalto, ni al hormigón, ni al ladrillo, ni al acero, ni a la escayola, o siquiera al vino. Pero si soy alérgico al polen, a los árboles, a las flores, a la hierba y a una ristra de otros vegetales que por curiosidades del sistema médico estadounidense las tiene escritas un doctor dentro de una carpeta pero de las que yo no tengo copia. También tengo problemas con el reino animal: ácaros, cucarachas, perros y gatos. "Con los gatos más", enfatizó el doctor.

Y yo que ayer me desperté sin alergias me pregunto si no puedo seguir viviendo como un antialérgico en mi ecosistema. Un ecosistema que no es peor ni mejor que otros pero que mirando a mí pasado - y hasta la fecha - ha sido el mío. Quizás deba culpar a mi vida urbana por no haberme preparado para una dinámica más rural.


Estás revelaciones no deberían oscurecer mi apoyo a unas ciudades más verdes, a un entorno urbano sostenible y a la preservación de espacios naturales. Pero teniendo en cuenta que no tengo planes para ir al campo y buscar lo rural en mí, a lo mejor mañana me levanto y decido que no soy alérgico.



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