20 marzo 2006

Efemérides: Bricolaje urbano


A principios de los 80 mi padre logró deshacerse de ese híbrido entre turismo y furgoneta que era nuestra Renault 4 amarilla. El sueño era una furgoneta de verdad y esta fue una Mercedes blanca que se materializó en nuestras vidas como si hubiéramos dado un salto en la escala social.

Pero mi padre, con la ayuda de mi madre, no acabó de ver claro eso de que el vehículo laboral cubierto de polvo de escayola y esparto se convirtiera en el coche vacacional, mucho menos en el vehículo familiar que se pudiera llevar por la ciudad cuando uno no iba de obra en obra. Así se le ocurrió montar un engendro que se convertiría en nuestras cuatro ruedas durante los próximos años. El desafió estaba claro: mientras esperábamos la siguiente mutación de la economía familiar había que convertir esa furgoneta en un multiusos que tuviera contentos a todos.

Colocó una división de aglomerado entre el asiento de atrás y la parte donde se guardaban las cosas de la obra. La madera estaba forrada por esa imitación plástica de cuero que era el sky en el lado de los pasajeros y remachado con tachuelas doradas. Incluso tenía una pequeña ventana para no perder la visión del retrovisor central. La cosa no era perfecta pues para lograr que entraran los tablones y las regletas abrió una portezuela debajo del asiento donde mi hermana y yo pasábamos los viajes y la escayola se filtraba poco a poco.

Para cuando llegaba el momento de las vacaciones mi padre se ingenio un sistema de tablones y maderos que integrados en las paredes de atrás, forradas de fórmica blanca, reconvertía la furgoneta en almacén de viaje y cama de matrimonio para mis padres al llegar al camping. Mi hermana y yo nos las apañábamos en una tienda levantada al lado de la furgoneta. La división de ski se desmontaba por la mitad y creaba un acceso directo a la zona de la cama durante las vacaciones. Unos ganchos y unas cortinillas era todo lo que necesario para lograr un sentido de privacidad dentro del invento. Al terminar las vacaciones todo se guardaba en un cajón de madera que también se apaño mi padre y que colocaba detrás de la furgoneta en el garaje.

Más tarde llegó el momento en el que adaptar el vehículo a la realidad de nuestras vidas, o a los sueños de mis padres, no fue suficiente y la idea pereció cuando se alcanzó la aspiración de comprar un 4x4 y así, con dos vehículos, la furgoneta para currar y el todoterreno para gozar acabó la simbiosis entre el bricolaje y el coche, la ciudad y la familia. La artesanía está en crisis.

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Recordando a mi padre que cumplía años el día siguiente a la festividad de San José